(Opinión) 2021: Elecciones y vacío democrático. Un apunte sobre el país de nadie

El partido del Presidente no existe. Morena es un movimiento social residual del siglo pasado que tiene adherido en la persona de López Obrador.

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Gobierno de AMLO.
Foto: @lopezobrador_

Bifurcaciones

A Lucía y Ximena, por hacer la vida conmigo…

Por: Oscar Juárez Domínguez

El partido del Presidente no existe. Morena es un movimiento social residual del siglo pasado que tiene adherido en la persona de López Obrador múltiples intereses nacionales y regionales, meta-legales y racionales, en forma de un amplio, profundo y delicado aval electoral. Al norte del país, Morena se parece al PAN; hacia el sur bien puede llamarse PRD y en altiplano ser casi el PRI.  Formaciones políticas en un presente puesto a prueba por los votantes y con el desafío de mantenerse vigentes por la pandemia.

Confluyen también en Morena y de manera periférica, subculturas políticas que van del denso corporativismo sindical, académico y agrario hasta el agitado populismo barrial, que encuentran un anclaje reivindicativo en la narrativa de la “cuarta transformación”, en esa consigna de tú conmigo o contra mi.

Hace unos meses, todo era narrativa transformadora hasta que los isuess de marzo trajeron consigo la pandemia y alteraron la percepción del futuro. El Covid rompió el tablero político. Alteró el juego electoral. Comprometió las posiciones. Renovó las líneas de polarización e impulsó a los actores a rehacerse en los pactos pragmáticos porque las preocupaciones sociales pasaron del pasado corrupto hacia la incertidumbre del futuro inmediato. Todo el mundo está emplazado, incluido el Presidente López Obrador y sus opositores.

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El nuevo régimen morenista justo en este instante es sacudido por la coyuntura planetaria. Más de dos terceras parte de los mexicanos, con base a encuesta propia de Sinergia Consultores, sienten preocupación por la economía, la salud y el empleo. La vida en la inmediatez de la necesidad cuando el país registra una caída del PIB en más de dos dígitos y una triple crisis: sanitaria, económica e institucional. Pisar en lo incierto, respirar un día más.

Y así inicia el proceso electoral de medio periodo presidencial, con el tablero electoral roto, los factores de poder desconectados del aliento diario de los trabajadores esenciales, las miles de empresas quebradas y el estrés extraordinario de los hogares en confinamiento vueltos aula, fábrica y oficina. En estos contrapuntos del país; bien podemos hacer una lectura de aproximación en cinco movimientos:

Uno. Si el día de hoy fueran las elecciones, el Presidente sin partido mantiene una preferencia ganadora debido a una amplia base electoral procurada por transferencias directas a costa del empleo y la inversión productiva. Una apuesta electoral de corto plazo muy eficaz pero que no conjura perder importantes espacios por las propias divisiones internas de Morena.

Dos. A los nuevos votantes, las categorías políticas convencionales de izquierda y derecha no les dicen nada: son ya en su gran mayoría apartidistas pero sujetos activos en agendas diversas que la clase política tradicional no registra y, por lo tanto, no procesa como oferta y discurso opositor.

Resultado de este vacío democrático: el actual sistema de partidos está políticamente neutralizado. Morena presenta 20% de preferencia bruta, el mismo partido que arrasó con 50% la elección presidencial. Una caída brutal. Sin embargo, las oposiciones partidistas están peor, salvo en un puñado de estados como Nuevo León, Sinaloa o Querétaro; compiten por ser la segunda fuerza y regatear espacios de representación proporcional a cambio de acuerdos locales de gobernabilidad efectiva.

Tres. El Presidente tiene un proyecto de Gobierno Unipersonal donde los partidos como contenedores reales de la representación democrática no tienen cabida por ser un contrapeso del Ejecutivo. Una intuición impolítica de Palacio Nacional que comulga con el sentir de los electorados emergentes -estimados en más de la mitad de los votantes probables- vinculados ya a los procesos comunicacionales pero que todos los actores partidistas buscan captar con incentivos clientelares. Ir en ese sentido, significa erosionar las propias cuotas de credibilidad y encarecer los potenciales respaldos electorales.

Cuatro. Vamos hacia unas elecciones con formatos operativos acotados por la pandemia. No entenderlo es comprometer las preferencias, la reputación de imagen pública y los posibles resultados. Las soluciones tecnológicas serán estratégicas, así como las ofertas responsables de reactivación económica de las cadenas de valor como tiendas, mercados, talleres, fondas, comercios. Dibujar una salida práctica y sostenible a la actual incertidumbre tendrá, sin duda, un incentivo electoral por capitalizar no exenta de costos.

Quinto. Y así vivimos cada día, al despertar con nostalgia por nuestra rutina, luna a luna, entre el vacío y el límite que sólo puede ser ético cuando se trata de una decisión personal o político cuando implica una decisión con nuestro vecino, más allá del barrio, la ciudad y el mundo.

El país es de nadie porque es nuestro, es tuyo.

Ya Claude Lefort nos había advertido de estos vacíos sin fin: Escucha, es el mundo nuevo rompiéndolo todo.

En 2021 habrá mucho por hacer y empezó ayer.

Al sororo rugir del cañón.

Trump emplazado y sin margen. Kamala Harris puede ser la street fighting woman vencedora del populismo americano.

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